Instituciones Oratorias Quintiliano- El Ornato Libro VIII

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  Retórica
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   Otros, por el contrario, son tan amantes de la brevedad, que escasean las palabras; y contentándose con entenderse ellos solos, no se cuidan de que los demás los entiendan. Pero yo tengo por ocioso lo que no puede entender un auditorio que no sea lerdo. Es muy común la opinión de que entonces se habla con elegancia y pulidez cuando la oración necesita de intérprete; y hay oyentes que gustan de esto, deleitándose de haber  penetrado el pensamiento del orador y quedando muy pagados de su ingenio, como si ellos hubieran inventado lo que oyeron. Yo tengo por la principal virtud la claridad, la propiedad de las palabras, el buen orden, el ser medido en las cláusulas y, por último, que ni falte ni sobre nada. De este modo el razonamiento será de la aprobación de los sabios e inteligible para los ignorantes. Éstas son las reglas de la elocución; porque ya tratamos, hablando de la narración, del modo de conseguir la claridad; y lo mismo que allí dijimos, debe entenderse para la claridad en todo lo demás. Si no usaremos de más ni menos palabras que las precisas hablando con orden y distinción, entonces será clara la oración y la entenderán los que nos escuchan, aunque estén algo divertidos; teniendo presente que no siempre están los jueces tan atentos que se pongan a interpretar las expresiones obscuras que decimos, antes bien tendrán otros varios cuidados que les llamen la atención y no les permitan entendernos, a no ser tan claro nuestro razonamiento que sea como la luz del sol, que aunque cerremos -36- los ojos la hemos de percibir. Por lo cual no tanto debemos cuidar que nos entiendan cuanto el que no se queden en ayunas. De aquí nace que muchas veces repetimos lo que nos parece no han entendido bien, diciendo: Lo cual me parece que no he declarado bastantemente. Pero para mayor claridad, lo explicaremos con términos más comunes. Y esto cae muy bien cuando fingimos no haber explicado bien la cosa. -37- Capítulo III. Del ornato I.-De cuánta fuerza sea el adorno.-Debe ser varonil, no afeminado.-Debe variarse según la materia.-II. El ornato puede hallarse en las palabras, ya separadas, ya unidas.-Elección que debe hacerse de las palabras cuando son sinónimas.-III. Las palabras unas son propias, a las que da valor la antigüedad, o nuevas, y aquí se trata del modo de inventarlas o trasladarlas, de las que se trata en otro lugar.-IV. Antes de tratar del ornato de las palabras unidas, pone varios vicios contrarios al adorno.-V. Para el ornato contribuye principalmente la energía o hipotiposis, las semejanzas, la braquilogía o concisión, la énfasis y la sencillez o afeleía-VI. Por último, la fuerza del orador consiste en amplificar y ponderar o en disminuir; de lo que trato en el capítulo siguiente. I. Vengamos a tratar ahora del ornato en el cual puede seguramente el orador desplegar a su gusto las galas de su ingenio. Porque el hablar con pureza y claridad es un premio muy corto de la oratoria, y más puede llamarse carecer de vicio que constituir a orador consumado. La invención puede encontrarse aun en los ignorantes: la disposición requiere pocas reglas: lo que llamamos artificio consiste principalmente en saberlo disimular, y finalmente, todo esto sólo mira a la utilidad de la causa; pero el adorno recomienda al orador, el que, buscando en todo lo demás el juicio de los sabios, en esto último busca también la alabanza del vulgo.  Ni vemos que Cicerón pelease en la causa de Cornelio Balbo solamente con armas de  buen temple, sino también resplandecientes, y con sólo instruir al juez y hablar con -38-  pureza y claridad no hubiera logrado que el pueblo romano confesase su admiración, no sólo a voz en grito, sino con aplausos. Seguramente que lo que excitó estas  aclamaciones fue la sublimidad, la magnificencia, el brillo y la autoridad; pues no le hubieran aplaudido tanto si su razonamiento en nada se hubiera distinguido de los demás. Y aun me persuado que los que le oyeron, ni ellos sabían lo que se hacían, ni estaba en su mano otra cosa, sino que sin reparar dónde estaban por quedar absortos de admiración, prorrumpieron en tales demostraciones.  Ni contribuye poco el adorno para triunfar de los contrarios, porque los que oyen con gusto están más atentos y se persuaden más pronto, y por lo común se dejan llevar del deleite y aun la admiración los arrebata. Sucede lo que con una espada desenvainada, que viéndola nos infunde terror, y aun el mismo rayo no nos atolondraría tanto con su fuerza si el resplandor no deslumbrara la vista. Dice bien Cicerón en una carta a Bruto:  No tengo por elocuencia a la que no arrebata la admiración. (De los retóricos, libro III). Lo mismo dice Aristóteles. Pero vuelvo a decir que este adorno ha de ser varonil, nervioso y que concilie autoridad; no afeminado, liviano y que consista más en ciertos colores que en la fuerza del decir. Esto es tan cierto, que siendo en esta parte muy parecidos los vicios a las virtudes, los que son viciosos en sus adornos les dan el nombre de prendas oratorias. Y así, ninguno de los que usan de este estragado modo de decir imagine que me opongo al adorno verdadero; pues confesando que éste es virtud, sólo a ellos no se la concedo. ¿Por ventura tendré yo por mejor cultivada una tierra donde no se presentan a la vista sino lirios, violetas y manantiales de agua, que otra que está cargada de mies y llena de viñas? ¿Estimaré en más un plátano estéril y los arrayanes de ramas artificiosamente cortadas, que el olmo bien casado con la vid y la oliva que se desgaja por su -39- mismo fruto? Dejemos aquellos árboles para los ricos: aunque ¿cuáles serían sus riquezas si no tuvieran otra cosa? Pues qué, ¿aun en los frutales no buscamos también el adorno juntamente con el fruto? ¿Quién lo niega? pues también plantamos los árboles a cuerda y con cierto orden. Y si no, ¿qué mejor vista que la de una arboleda que por donde quiera que se mire están todos los árboles en hilera? Pues aun esta disposición contribuye para que igualmente chupen el jugo de la tierra. Asimismo cortaré yo los ramos de la oliva que sobresalen a la copa, para que quedando ésta más redonda, además de hacer buena vista, el fruto sea más copioso en todas sus ramas. El caballo retraído de ijares no solamente es más hermoso, sino más veloz. El atleta que con el ejercicio tiene más bien formados los morcillos, es más apuesto y más apto para la lucha. De modo que la utilidad debe ir  junta con la hermosura; pero esto lo discernirá cualquiera de mediano talento. Lo que merece particular atención es que el adorno, aun el bueno, debe variar según la materia, porque no conviene uno mismo en las causas del género demostrativo, deliberativo y judicial. El demostrativo, como sólo mira a la pompa y ostentación y a deleitar, emplea todas las riquezas y adornos del arte, pues no necesita de valerse de asechanzas y estratagemas para vencer al contrario, sino sólo pretende la alabanza y gloria. Por lo cual a manera de uno que comercia en ricas mercaderías, hará ostentación el orador y usará de todo cuanto haya acomodado al gusto del auditorio; el adorno en las  palabras, el deleite en las figuras, la magnificencia en los tropos y el esmero en la composición, porque el suceso no se atribuirá a la bondad de la causa, sino a su habilidad. Pero cuando se trata de asunto de importancia donde hay que venir a las manos con el contrario, lo último de -40- que debe cuidar es su propia gloria, y así cuando se trata de cosa de grave peso ninguno debe cuidarse mucho de las palabras. No porque entonces deba ser desaliñada la oración, sino porque debe ser el adorno más comedido, más serio, más disimulado y conforme al asunto. Para persuadir a un senado se requiere un modo de decir algo sublime; para el pueblo, vehemente y conciso; para los juicios públicos y  causas capitales, particular esmero y cuidado. En un juicio particular donde ha de sentenciar el voto de pocos, ha de ser puro y sencillo. ¿No se avergonzaría un orador de usar de períodos muy armoniosos para ejecutar al acreedor y pedir lo que debe? ¿De llamar los afectos tratando de las goteras de una casa? ¿De acalorarse en la causa de la defectuosa venta de un esclavo? Pero volvamos al asunto. II. Y supuesto que tanto el adorno como la claridad de la oración puede hallarse en las  palabras unidas o separadas, trataremos ahora qué es lo que pide uno y otro. Aunque he dicho que la claridad necesita de palabras propias y el adorno de las trasladadas, sepamos que cuando las expresiones son impropias no puede haber ornato. Y aunque  por lo común son muchas las significaciones de algunas palabras, lo que llamamos sinonimia, también es cierto que hay algunas que son más decentes, sublimes, claras, gustosas, y sonantes; porque así como la claridad de las sílabas depende de ser más sonoras las letras, así hay palabras que son más sonoras por las sílabas de que se componen, y cuanto más llenas y sonantes son las palabras, tanto son más gratas al oído; pues lo mismo que hace la unión de sílabas, eso mismo hace la unión de palabras entre sí para la armonía. El uso de las palabras es de distintas maneras, porque para explicar una cosa atroz son conducentes palabras de sonido áspero. Y generalmente hablando de las simples, aquéllas son las mejores que sirven para la exclamación -41- y dulzura del oído. Las  palabras honestas siempre son mejores que las indecentes, porque semejantes términos nunca tienen lugar en la oración. La claridad y sublimidad de las voces se ha de medir con la materia, porque lo que en una ocasión es sublimidad, en otra será hinchazón, y la  palabra que en un asunto grande es bajeza, en otro no tan grande vendrá de molde. Y así como una palabra baja en un razonamiento adornado es un borrón intolerable, así las sublimes desdicen de un estilo sencillo. Hay algunas palabras que se distinguen más con el oído que con la razón, como: Cæsa iungebant fœdera porca. (Eneida, VIII, 641). donde Virgilio mudando el nombre no ofendió tanto al oído como si dijera porco, que es  palabra baja. Hay otras que no las sufre la razón, por donde mereció la burla un poeta que dijo no hace mucho: De Camilo en la cesta Royeron los ratones la pretexta.   Pero leemos con admiración cuando dice Virgilio (Geórgicas, I, 181). Sæpe exiguus mus.  porque fuera de la propiedad y conveniencia del epíteto exiguus que explica tanto la  pequeñez de la cosa que no deja más que esperar, puso el nominativo y terminó el verso con aquella palabra monosílaba con no poca gracia. Uno y otro lo imitó Horacio diciendo:  Nascetur ridiculus mus. (Arte poética, verso 139).  Ni se ha de usar siempre de expresiones magníficas, sino a veces también de palabras  bajas, porque alguna vez éstas dan mayor fuerza a la cosa. Cuando dijo Cicerón contra Pisón: Siendo conducida toda tu parentela en una carreta, ninguno le tachará de expresión baja aquella palabra, -42- pues cede en mayor desprecio de Pisón contra quien se dijo. III. Habiendo palabras propias, inventadas y trasladadas, las primeras reciben el valor de su antigüedad, puesto caso que las voces que no se usan para cualquier cosa y todos los días hacen más respetable y maravilloso el discurso. En este género de adorno fue singular Virgilio. Aquellas palabras olli, quianam, mi, y pone, tienen cierto brillo y dan mayor autoridad a las pinturas, que se estiman más cuanto son más antiguas; valor que no puede dar el arte. Bien que en esto es menester moderación y no usar los vocablos de los siglos más remotos. Si la palabra quœso huele ya a rancia, ¿por qué la hemos de usar? Así me recelo que puedan sufrir los oídos el adverbio oppido, cuando nuestros abuelos lo usaron con mucho tiento. Á lo menos ninguno que no sea muy amante de la antigüedad usará la palabra antigerio, que significa lo mismo. ¿Por qué hemos de usar de la voz œrumnas, como si explicara poco la palabra labor?254. Reor es voz que pone horror, autumo es tolerable, prolem ducendam expresión funesta, y el decir universam eius prosapiam es insulsez. ¿Qué más? El lenguaje se ha mudado casi en un todo. Pero
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