El pasado de una ilusión

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El régimen soviético ha salido por la puerta trasera del escenario de la historia, al que había entrado con bombos y platillos. A tal punto constituyó la materia y el horizonte del siglo, que su fin sin gloria después de tan breve duración contrasta de manera sorprendente con el esplendor de su curso. No es que la enfermedad de postración que afectaba a la URSS no pudiese ser diagnosticada: pero la disgregación interior se disimulaba a la vez en el poderío internacional del país y en la idea que le servía de estandarte. La presencia soviética en los asuntos del mundo era como un certificado de la presencia soviética en la historia del mundo. Por otra parte, nada era más ajeno a la opinión que la perspectiva de una crisis radical del sistema social instaurado por Lenin y Stalin. La idea de una reforma de ese sistema se encontraba casi por doquier desde hacía un cuarto de siglo, y nutría en formas muy diversas un revisionismo activo pero siempre respetuoso de la superioridad de principios del socialismo sobre el capitalismo. Ni siquiera los enemigos del socialismo imaginaban que el régimen soviético pudiera desaparecer, y que la Revolución de Octubre pudiese ser 'borrada'; y menos aún que esta ruptura pudiese originarse en ciertas iniciativas del partido único en el poder. Y sin embargo, el universo comunista se deshizo por sí solo. Esto se puede ver en otra señal, esta vez diferida: solo quedan los hombres que, sin haber sido vencidos, han pasado de un mundo a otro convertidos a otro sistema, partidarios del mercado y de las elecciones, o bien reciclados en el nacionalismo. La Revolución de Octubre cierra su trayectoria no con una derrota en el campo de batalla, sino liquidando por sí misma todo lo que se hizo en su nombre. En el momento en que se disgrega, el Imperio soviético ofrece la característica excepcional de haber sido una superpotencia sin haber encarnado una civilización. François Furet El pasado de una ilusión Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX ePub r1.0 Queequeg 11.12.14 Título original: Le Passé d'une illusion. Essai sur l'idée communiste au XXe siècle François Furet, 1995 Traducción: Mónica Utrilla Editor digital: Queequeg ePub base r1.2 Agradecimientos H ABIENDO incursionado apenas en la historia del siglo XX, al escribir este libro conté con los consejos bibliográficos de algunos amigos que me habían precedido por este camino en tal o cual punto de mi tema. Son demasiados para que pueda yo citarlos a todos. Stéphane Courtois, Christian Jelen, Georges Liébert y Jean-François Revel pusieron a mi disposición generosamente su tiempo y su sapiencia. Debo además un agradecimiento particular a Jean-Louis Panné, autor de una excelente biografía sobre Suvarin, por haberme hecho compartir tan constantemente su erudición sobre la historia del comunismo. Olivier Nora y Mona Ozouf tuvieron la amabilidad de leer mi versión y me sugirieron muchas correcciones útiles. Ellos saben la importancia que tienen para mí sus consejos. Por último, no olvido lo que debo a mis dos editores, que también son mis amigos: Charles Ronsac, quien cuidó este libro después de haber tenido la primera idea sobre él, y Jean-Étienne Cohen-Séat, que tanto me oyó hablar de él. P. D. El trabajo es un ensayo de interpretación. En las notas solo menciono las obras y los artículos que me fueron útiles de manera más directa. Prefacio E L régimen soviético ha salido de rondón del escenario de la historia, al que había entrado con bombo y platillos. A tal punto constituyó la materia y el horizonte del siglo, que su fin sin gloria después de tan breve duración contrasta de manera sorprendente con el esplendor de su curso. No es que la enfermedad de postración que afectaba a la URSS no pudiese ser diagnosticada: pero la disgregación interior se disimulaba a la vez en el poderío internacional del país y en la idea que le servía de estandarte. La presencia soviética en los asuntos del mundo era como un certificado de la presencia soviética en la historia del mundo. Por otra parte, nada era más ajeno a la opinión que la perspectiva de una crisis radical del sistema social instaurado por Lenin y Stalin. La idea de una reforma de ese sistema se encontraba casi por doquier desde hacía un cuarto de siglo, y nutría en formas muy diversas un revisionismo activo pero siempre respetuoso de la superioridad de principios del socialismo sobre el capitalismo. Ni siquiera los enemigos del socialismo imaginaban que el régimen soviético pudiera desaparecer, y que la Revolución de Octubre pudiese ser «borrada»; y menos aún que esta ruptura pudiese originarse en ciertas iniciativas del partido único en el poder. Y sin embargo, el universo comunista se deshizo por sí solo. Esto se puede ver en otra señal, esta vez diferida: solo quedan los hombres que, sin haber sido vencidos, han pasado de un mundo a otro convertidos a otro sistema, partidarios del mercado y de las elecciones, o bien reciclados en el nacionalismo. Pero de su experiencia anterior no queda ni una idea. Los pueblos que salen del comunismo parecen estar obsesionados por negar el régimen en que vivieron, aun cuando hayan heredado sus hábitos o sus costumbres. La lucha de clases, la dictadura del proletariado y el marxismo-leninismo han desaparecido en nombre de lo que supuestamente habían remplazado: la propiedad burguesa, el Estado democrático liberal, los derechos del hombre, la libertad de empresa. De los regímenes de Octubre solo queda lo que constituye la negación de ellos. El fin de la Revolución rusa, o la desaparición del Imperio soviético, deja al descubierto una tabla rasa sin relación con lo que habían dejado el fin de la Revolución francesa o la caída del Imperio napoleónico. Los hombres de Termidor habían festejado la igualdad civil y el mundo burgués. Durante toda su época, Napoleón fue sin duda el conquistador insaciable, el ilusionista de la victoria, hasta la derrota que finalmente aniquiló todas sus ganancias de jugador afortunado. Pero el día en que lo perdió todo dejó en Europa un vasto reguero de recuerdos, de ideas y de instituciones, en el que hasta sus enemigos se inspiraron para vencerlo. En Francia fundó el Estado para los siglos venideros. Lenin, por el contrario, no deja ninguna herencia. La Revolución de Octubre cierra su trayectoria no con una derrota en el campo de batalla, sino liquidando por sí misma todo lo que se hizo en su nombre. En el momento en que se disgrega, el Imperio soviético ofrece la característica excepcional de haber sido una superpotencia sin haber encarnado una civilización. El hecho es que agrupó en torno suyo a fieles, clientes y colonias; que acumuló un arsenal militar y proclamó una política exterior de dimensiones mundiales. Tuvo todos los atributos de la potencia internacional que le ganaron el respeto del adversario, por no hablar de los del mesianismo ideológico, que le ganaron la adoración de sus partidarios. Sin embargo, su rápida disolución no deja nada en pie: ni principios, ni códigos, ni instituciones; ni siquiera una historia. Como sucedió antes con los alemanes, los rusos son ese segundo gran pueblo europeo incapaz de dar un sentido a su siglo XX y, por lo mismo, inseguro sobre todo su pasado. Por ello, nada me parece más inexacto que dar el nombre de «revolución» a la serie de acontecimientos que condujeron, en la URSS y en su Imperio, al fin de los regímenes comunistas. Si casi todo el mundo la ha llamado así es porque ningún otro término de nuestro vocabulario político parecía convenir mejor al desplome de un sistema social; este tenía la ventaja de expresar la idea, ya familiar a la tradición política occidental, de una ruptura brutal con el régimen pasado. Sin embargo ese mismo «Antiguo Régimen» había nacido de la Revolución de 1917 y continuaba reivindicándola, de modo que su liquidación bien podía emparentarse con una «contrarrevolución»: ¿acaso no llevaba de vuelta a aquel mundo burgués detestado por Lenin y Stalin? Sobre todo, sus modalidades no tuvieron mucho en común con un derrocamiento ni con una fundación. Los términos «revolución» y «contrarrevolución» evocan aventuras de la voluntad, mientras que el fin del comunismo es producto de la concatenación de las circunstancias. [1] Y lo que siguió tampoco deja mucho espacio a la acción deliberada. Entre los escombros de la Unión Soviética no aparecen ni dirigentes dispuestos al relevo, ni verdaderos partidos, ni nueva sociedad, ni nueva economía. Solo se puede ver a una humanidad atomizada y uniforme, a tal punto que resulta demasiado cierto que las clases sociales han desaparecido: incluso el campesinado, al menos en la URSS, fue destruido por el Estado. Los pueblos de la Unión Soviética tampoco han conservado fuerzas suficientes para expulsar a una nomenklatura dividida, ni siquiera para influir realmente sobre el curso de los acontecimientos. De este modo, el comunismo termina en una especie de nada. No allana el camino, como tantos espíritus lo desearon y previeron desde Jruschov, a un comunismo mejor, que borrara los vicios del antiguo conservando sus virtudes. Un comunismo que Dubcek había podido encarnar durante algunos meses en la primavera de 1968, pero no Havel desde el otoño de 1989. Gorbachov hizo resurgir su ambigüedad en Moscú desde la liberación de Sájarov, pero Yeltsin la disipó en la secuela del putsch de agosto de 1991: no hay nada visible entre las ruinas de los regímenes comunistas sino el repertorio familiar de la democracia liberal. Desde entonces se ha transformado incluso el sentido del comunismo, aun para quienes fueron sus partidarios. En lugar de ser una exploración del futuro, la experiencia soviética constituye una de las grandes reacciones antiliberales y antidemocráticas de la historia europea del siglo XX, siendo la otra, desde luego, la del fascismo en sus diferentes formas. La experiencia soviética revela así uno de sus rasgos distintivos: haber sido inseparable de una ilusión fundamental, cuya evolución pareció validar su contenido durante largo tiempo, antes de disolverlo. Con ello no quiero decir simplemente que sus actores o sus partidarios no supieran la historia que hacían, o que hayan alcanzado objetivos distintos de los que se habían fijado, como es el caso general. Antes bien, entiendo que el comunismo tuvo la ambición de adecuarse al desarrollo necesario de la Razón histórica, y que la instauración de la «dictadura del proletariado» revistió por ello un carácter científico: ilusión de otra naturaleza que la que puede nacer de un cálculo de fines y medios, y hasta de una simple fe en la justicia de una causa, ya que ofrece al hombre perdido en la historia, además del sentido de su vida, los beneficios de la certidumbre. No fue algo parecido a un error de juicio, que con la ayuda de la experiencia se puede reparar, medir y corregir; más bien, fue una entrega psicológica comparable a la de una fe religiosa, aunque su objeto fuese histórico. La ilusión no «acompaña» a la historia comunista. Es constitutiva de ella: a la vez independiente de su curso, puesto que fue previa a la experiencia, y sin embargo sometida a sus altibajos, ya que la verdad de la profecía se encuentra en su desenvolvimiento. Tiene su fundamento en la imaginación política del hombre moderno, y sin embargo se ve sometida a la modificación constante que las circunstancias le imponen como condición de sobrevivencia. Hace de la historia su alimento cotidiano, con objeto de integrar constantemente todo lo ocurrido en el interior de la creencia. Así se explica que solo haya podido desaparecer al desvanecerse aquello de lo que se nutría: siendo una creencia en la salvación por la historia, solo podía ceder a un mentís radical de la historia, que le quitara su razón de ser a ese trabajo de remiendo esencial a su naturaleza. Ese trabajo es precisamente el tema de este libro: no la historia del comunismo, y menos aún la de la URSS propiamente dicha, sino la de la ilusión del comunismo durante todo el tiempo que la URSS le dio consistencia y vida. El hecho de que intentemos esbozar sus modalidades sucesivas en el curso del siglo no significa forzosamente que las consideremos solo productos de un género ya superado por el avance de la democracia liberal: reconozco no ver bien las razones para sustituir una filosofía de la historia por otra. La utopía de un hombre nuevo es anterior al comunismo soviético y le sobrevivirá en otras formas: por ejemplo, liberada del mesianismo «obrero». Al menos el historiador de la idea comunista en este siglo está seguro de enfrentarse a un ciclo enteramente cerrado de la imaginación política moderna, inaugurado por la Revolución de Octubre y que concluyó con la disolución de la Unión Soviética. Además de lo que era, el mundo comunista siempre se glorió de lo que quería ser y que, por consiguiente, llegaría a ser. La cuestión solo quedó zanjada con su desaparición: hoy, este mundo reside enteramente en su pasado. Pero la historia de su «idea» sigue siendo más vasta que la de su poder, aun en la época de su mayor expansión geográfica. Como es verdaderamente universal y llega a poblaciones, territorios y civilizaciones en que ni siquiera el cristianismo había podido penetrar, para dar seguimiento a su poder de seducción en los diferentes lugares haría falta un saber del que no dispongo. Me limitaré a estudiarla en Europa, donde nació, donde tomó el poder y donde fue tan popular al término de la segunda Guerra Mundial; por último, donde necesitó 30 años para morir, entre Jruschov y Gorbachov. Marx y Engels, sus «inventores», nunca imaginaron que pudiese tener un porvenir cercano fuera de Europa: hasta tal punto que grandes marxistas, como Kautsky, rechazaron la Rusia de Octubre de 1917 argumentando que se hallaba demasiado distante para desempeñar un papel de vanguardia. Una vez en el poder, Lenin solo vio la salvación en la solidaridad revolucionaria de los viejos proletariados nacidos más al oeste de Europa, comenzando por el alemán. Después de él, Stalin alteró en su provecho toda la dimensión del hecho ruso en la idea comunista; pero sin renunciar a esa idea que, por el contrario, recibió un nuevo ímpetu con la victoria del antifascismo. En suma, Europa, madre del comunismo, también es su escenario principal. La cuna y el centro de su historia. Además, ofrece al observador la ventaja de un examen comparativo, pues la idea comunista se puede estudiar en dos estados políticos, según que ocupe el poder por intermediación de partidos únicos o que esté difusa en la opinión pública de las democracias liberales, canalizada sobre todo por los partidos comunistas locales, pero también difundida más allá de estos en formas menos militantes. Los dos universos están en relación constante, aunque desigual: el primero, secreto y cerrado; el segundo, público y abierto. Lo interesante es que la idea comunista vive mejor en el segundo, pese al espectáculo que ofrece el primero. En la URSS, en lo que después de 1945 se llamará «el campo socialista», moldea la ideología y el lenguaje de la dominación absoluta. Instrumento de poder a la vez espiritual y temporal, lo que tiene de emancipador no sobrevive mucho tiempo a su función de sometimiento. En el Oeste también está sometida, por intermediación de los partidos hermanos, a los límites estrechos de la solidaridad internacional; pero como allí nunca es medio de gobierno, conserva algo de su encanto original, mezclado a una negación del carácter que ha adoptado en el otro extremo de Europa el Imperio soviético. A esa dosificación inestable entre lo que conserva de utópico y lo que en adelante tiene de histórico, las circunstancias iban a darle, a base de sucesivos retoques, fuerzas para durar hasta nuestros días. La idea comunista vivió más tiempo en el espíritu de la gente que en los hechos; más tiempo en el Oeste que en el Este de Europa. Así, su recorrido imaginario es más misterioso que su historia real: por ello en este ensayo hemos tratado de seguir sus vueltas y revueltas. Este inventario acaso sea la mejor manera de trabajar en la elaboración de una conciencia histórica que sea común al Occidente y al Oriente europeos, que durante tanto tiempo estuvieron separados a la vez por la realidad y por la ilusión del comunismo. Por último, unas palabras sobre el autor, ya que todo libro de historia también tiene su historia. Tengo una relación biográfica con el tema que trato. «El pasado de una ilusión»: para recuperarlo solo tengo que volverme hacia aquellos años de mi juventud en que fui comunista, entre 1949 y 1956. La cuestión que hoy intento comprender es inseparable, pues, de mi existencia. Yo viví desde dentro la ilusión cuyo camino trato de remontar hasta una de las épocas en que era la más difundida. ¿Debo lamentarlo en el momento en que escribo su historia? No lo creo. A 40 años de distancia, juzgo mi ceguera de entonces sin indulgencia, pero sin acrimonia. Sin indulgencia, porque la excusa que a menudo se encuentra en las intenciones no redime, en mi opinión, de la ignorancia y la presunción. Sin acrimonia, porque este desdichado compromiso me ha instruido. Salí de él con un esbozo de cuestionario sobre la pasión revolucionaria, vacunado contra la entrega seudorreligiosa a la acción política. Esos son los problemas que aún forman la materia de este libro y me han ayudado a concebirlo. Espero que este contribuya a iluminarlos. I. LA PASIÓN REVOLUCIONARIA P ARA comprender la fuerza de las mitologías políticas que han dominado el siglo XX, hay que detenerse en el momento de su nacimiento o al menos de su juventud; es el único medio que nos queda para percibir un poco del esplendor que tuvieron. Antes de deshonrarse por sus crímenes, el fascismo constituyó una esperanza. Sedujo no solo a millones de hombres sino a muchos intelectuales. En cuanto al comunismo, aún podemos avistar sus mejores días, ya que como mito político y como idea social sobrevivió largo tiempo a sus fracasos y a sus crímenes, sobre todo en los países europeos que no sufrieron directamente su opresión: muerto entre los pueblos de la Europa del Este desde mediados de los años cincuenta, aún florecía 20 años después en Italia o en Francia, en la vida política e intelectual. Supervivencia que nos da la medida de su arraigo y de su capacidad de resistir a la experiencia, y que forma como un eco de sus mejores años, en la época de su expansión triunfante. Para comprender su magia, hay que hacer el esfuerzo indispensable por situarse antes de las catástrofes a que dieron lugar las dos grandes ideologías: en el momento en que fueron esperanzas. La dificultad de esa ojeada retrospectiva se debe a que mezcla en un lapso muy breve la idea de esperanza y la de catástrofe: desde 1945, se ha vuelto casi imposible imaginar el nacionalsocialismo de 1920 o de 1930 como promesa. El caso del comunismo es un poco distinto, no solo porque duró más tiempo gracias a la victoria de 1945, sino porque la fe tiene por apoyo esencial el encuentro de épocas históricas sucesivas: supuestamente, el capitalismo abriría la puerta al socialismo y después al comunismo. La fuerza de esta representación es tal que permite fácilmente comprender o hacer revivir las esperanzas de que fue portadora la idea comunista al comienzo del siglo, pero al precio de una subestimación o hasta de una negación de la catástrofe final. El fascismo reside por entero en su fin; el comunismo conserva un poco del encanto de sus inicios: la paradoja se explica por la supervivencia de ese célebre sentido de la historia, otro nombre de su necesidad, que hace las veces de religión entre quienes no la tienen, y que por tanto es tan difícil y hasta doloroso abandonar. Y sin embargo, eso es precisamente lo que hace falta para comprender el siglo XX. La idea de necesidad histórica tuvo entonces sus mejores días porque el duelo entre fascismo y comunismo, que la inundó con su tumulto trágico, le ofrecía un atuendo a la medida: la segunda Guerra Mundial presenció el arbitraje entre las dos fuerzas qu
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