CONSECUENCIAS DE LA JUSTIFICACIÓN (5:1-21)

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  Resultados personales de la justificación (5:1-11) Introducción Notemos en primer lugar el uso de los pronombres que Pablo ha venido usando hasta ahora en la carta. En la primera mitad de Romanos 1, Pablo
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Resultados personales de la justificación (5:1-11) Introducción Notemos en primer lugar el uso de los pronombres que Pablo ha venido usando hasta ahora en la carta. En la primera mitad de Romanos 1, Pablo habla en primera persona singular ( no me avergüenzo del evangelio ) mientras que usa la tercera persona en la segunda mitad para referirse al mundo pagano ( no tienen excusa ). En Romanos 2 cambia a la segunda persona singular para referirse al humanista ( tú que juzgas ) y al judío ( tú tienes el sobrenombre de judío ). En Romanos 3 vuelve a la tercera persona tanto para hablar de los judíos ( les ha sido confiada la palabra de Dios ) como del mundo entero que está bajo el juicio y condenación de Dios ( todos están bajo pecado ). Sigue con la tercera persona para referirse a todos los que creen en Él, a quienes define en Romanos 4 como la descendencia de Abraham. Pero en Romanos 4 Pablo ya comienza a usar la primera persona del plural para identificarse con esta descendencia de Abraham (4:1; 4:16) así como a todos los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús. En Romanos 5, Pablo continúa usando esta persona para identificarnos así a todos en una misma familia, el grupo de judíos y gentiles que hemos sido justificados por la fe en Jesús y que por tanto tenemos paz para con Dios (5:1). Pablo nos ha venido explicando nuestra necesidad de justificación (1:18-3:20) y el medio para conseguirla (3:21-4:25). Ahora nos va a explicar las benditas consecuencias que la justificación por la fe trae a nuestras vidas para con nuestra relación con Dios y con nuestros prójimos. Pablo tiene en mente en todo momento la persona de Cristo y su obra en la Cruz. Así, para Pablo quien cree en Cristo es alguien que ha sido hecho partícipe de los beneficios de la Muerte y Resurrección del Señor y por tanto ahora está en Él. Por eso mismo, los beneficios derivados de la justificación no se limitan a los meramente judiciales de salir del Tribunal de Dios exculpados de todo pecado, sino que se extienden a aquellos cuyo origen son la identificación con Cristo y la posición del creyente en Él. Pablo comienza esta sección diciendo: Habiendo sido, pues, justificados. La forma griega de este verbo no es el participio presente ( siendo declarados justos ), sino el participio aoristo ( habiendo sido ). El primero se hubiera referido a un estado actual del creyente; al usar el segundo, Pablo se está refiriendo a un hecho ya ocurrido y finalizado. La justificación no es por tanto un proceso continuo, sino un evento que sucedió una sola vez en la vida del creyente, con la conversión. Una vez justificados, permanecemos justos para siempre sin que Dios tenga que renovar su declaración y tenemos como fruto las bendiciones que son consecuencia directa de nuestra justificación. Pablo ya había mencionado la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia (4:6) y ahora es como si quisiera ampliar en qué consiste tal bienaventuranza o dicha. Por tanto, una vez ya hemos sido justificados por Dios, que es la base para todo lo que sigue, Pablo menciona en este pasaje siete resultados que son fruto directo de nuestra justificación. Pero la lista de beneficios continúa en realidad hasta el final del capítulo 8, desde donde se contempla, cual gloriosa cima, la victoria sobre el pecado en la vida del creyente y el triunfo del plan de salvación de Dios para con toda su creación. 75 ESTUDIO DE LA EPÍSTOLA A LOS ROMANOS Resultado 1: Tenemos paz con Dios (5:1) La primera consecuencia es la reconciliación con Dios 1, hacer las paces con Él. Esta paz fue lograda por medio de nuestro Señor Jesucristo pues fue en Él que Dios estaba reconciliando consigo al mundo (2 Co. 5:19). Él fue el único que pudo realizar la obra de la expiación, base de la justificación y de todas sus demás consecuencias. El castigo de nuestra paz fue sobre él (Is. 53:5). Por tanto, esta paz no es algo que el Señor Jesucristo esté logrando alcanzar ahora, sino algo que ya consiguió en la cruz. Cristo fue quien hizo, no quien está haciendo, la paz mediante la sangre de su cruz (Col. 1:20). El pecado había producido una separación entre Dios y el hombre (Is. 59:2) que éste no podía cruzar. Como consecuencia, no hay paz para los malvados e impíos (Is. 48:22; 57:21), pues somos enemigos de Dios (5:10). Pero la paz fue restablecida nuevamente por medio de la sangre de Cristo en la cruz (Col. 1:20). Así, para los que son de la fe de Jesús y han sido justificados por el Padre, tal separación con Dios ya no existe y pueden disfrutar de la paz con Él. Esta paz no es como la que se produce entre dos naciones enemigas, sino como la que se da entre un rey y unos súbditos rebeldes que han depuesto las armas y finalmente le reconocen como tal. Así, que tengamos paz con Dios significa que: 1. Dios ha juzgado nuestro pecado completamente en la persona de Cristo. 2. Dios ha quedado satisfecho para siempre y no va a iniciar un segundo juicio de nuestro pecado. El pago fue satisfecho en su totalidad y no se nos va a exigir un segundo pago. 3. Aun si nuestro caminar en el Señor no es como debiera ser, Dios no va a cambiar su declaración acerca de nuestra justicia en Cristo. La paz en cambio no significa que puesto que Dios ya no tiene nada en nuestra contra, ahora sea neutral o indiferente. Dios nunca es neutral con el hombre: o es nuestro peor enemigo o es nuestro mejor amigo. Jesús dijo que quien no estaba con él, estaba contra él (Mt. 12:30). Pero en cambio llamó a sus discípulos amigos (Jn. 15:13-15), y más tarde incluso hermanos (Jn. 20:17). La paz (heb. Shalom ) era una de las principales características que tendría el Reino de Dios que inauguraría el Mesías, el Príncipe de Paz (Is. 9:6). Esta paz no se limita únicamente a una ausencia de violencia o conflicto, sino a un estado de tranquilidad, descanso y seguridad para el alma. Que tengamos paz con Dios no significa únicamente que no debemos temer ningún tipo de conflicto o represalia por parte de Dios, sino que estamos ahora en un estado de bienestar propiciado por el hecho de que Dios ahora está de nuestra parte y no somos ya sus enemigos. Él Dios que nos podría condenar es ahora el Dios que justifica (8:33), que tiene cuidado de nosotros y procura descanso a nuestras almas. Sin embargo, la paz con Dios mencionada aquí no es un estado mental o de ánimo, sino una reconciliación permanente entre dos personas que antes estaban enfrentadas. Es algo que debemos saber que es así, aunque no sintamos paz en nuestros corazones. No se basa en nuestro estado emocional, sino en el hecho histórico de la cruz de Cristo. Hay otro concepto de paz muy relacionado que es el de la paz de Dios (Fil. 4:6-7): mientras la paz con Dios es un hecho objetivo, una paz posicional con Él que podemos tener y empezar a disfrutar en cuanto hemos creído, la paz de Dios es un estado subjetivo, una paz experimental disponible a todos aquellos que ya han creído y que aprenden a llevar sus problemas al Señor y descansar en Él; es la paz que llena nuestros corazones y que podemos sentir. 1 Con Dios traduce el griego prós ton Zeón, que es también la expresión que hallamos en Juan 1:1 cuando dice: El Verbo era con Dios. La preposición prós en griego tiene un sentido de movimiento, de dirección hacia algo. Tener paz con Dios implica estar frente a Dios, cara a cara, en dirección hacia Él. 76 Esta diferencia es importante, puesto que aunque nuestras emociones puedan hacernos tambalear y sintamos temor en nuestros corazones en vez de paz, eso no cambia el hecho de que estamos en paz con Dios y no debemos temer ningún mal de Él. Como veremos más adelante, estamos firmes en la gracia (5:2) aunque nuestros miedos nos confundan. Nuestro estado mental, anímico y espiritual puede variar, pero nuestra posición en Cristo con Dios nunca lo hará. Es firme. Aun cuando no tengamos paz interior, podemos descansar en el sacrificio de Cristo que logró nuestra paz con Dios. Una gran cantidad de manuscritos presentan el verbo tener en modo subjuntivo: tengamos (gr. ἔχωμεν ) en vez de tenemos (gr. ἔχομεν ). La diferencia en griego es de sólo una letra y posiblemente su pronunciación era similar. Si hacemos caso a la lectura mayoritaria, esta frase sería una exhortación ( tengamos paz con Dios ) a disfrutar plenamente de esta paz con Dios. Pero la mayoría de versiones 2 y comentaristas rechazan esta lectura pese a ser mayoritaria, pues toda la sección contiene afirmaciones y no exhortaciones. Sería éste así un ejemplo de traducción donde el contexto tiene preeminencia sobre el texto. Resultado 2: Tenemos acceso a esta gracia (5:2a) Por medio de Cristo es que tenemos paz con Dios y por medio de Él también es que tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes. La gracia a la que se refiere Pablo no es sólo un determinado favor inmerecido por parte de Dios, sino que es toda la esfera de acción de su gracia. Somos hechos objetos de la gracia de Dios en toda su magnitud, y no sólo en determinadas concesiones puntuales. Esta esfera o reino de la gracia contrasta sobremanera con el ambiente anterior en el que nos encontrábamos (Ef. 2:2-3). De esa gracia Pablo dice dos cosas: que tenemos entrada y que en ella estamos firmes. La primera se refiere a nuestro acceso a esa esfera de acción de la gracia de Dios; la segunda, a nuestra permanencia en ella. En cuanto a la primera, Pablo dice que tenemos entrada (gr. prosagogué ) y usa un verbo (gr. esjékamen ) que indica que no es que nosotros podamos entrar por nuestra propia voluntad, sino que hemos sido introducidos por alguien. Pero ahora, en virtud de haber sido justificados, cuando entramos en la presencia de Dios no encontramos juicio ni condenación, sino gracia 3. Por la fe falta en muchos manuscritos, con lo que se entendería que el que nos introduce en esta esfera de la gracia es el mismo Señor Jesucristo. Además, no es por la fe que somos introducidos, pues no se nos pide creer en esta entrada, mediante una revelación posterior a la conversión, para poder tener acceso a ella. Se nos da automáticamente cuando creemos (la fe sí es necesaria para creer y recibir la justicia; la entrada a la gracia es consecuencia de ello). En cuanto a la segunda, Pablo dice que hemos sido introducidos en la gracia de Dios no de manera temporal, sino para permanecer en ella: en la cual nos mantenemos firmes (NVI). Pablo dirá más adelante (6:14), en otro contexto, que estamos bajo la gracia (y no bajo la ley ). Algo mejor que tener audiencias periódicas con un rey es ser llamados a vivir en su palacio, y esto es lo que Dios ha hecho con nosotros. No entramos a la presencia de Dios de forma ocasional, sino que vivimos en su presencia permanentemente. El verbo usado para mantenerse (gr. hestékamen ) está, al igual que el usado para tener entrada, en tiempo perfecto, lo que indica una acción pasada y concluida pero cuyos efectos 2 El Textus Receptus y el Interlineal de Lacueva tienen este verbo en indicativo, no en subjuntivo. 3 Prosagogué significa además de entrada, puerto o muelle. Si usamos este segundo significado, la imagen es la de haber llegado al Puerto de la Gracia tras haber sufrido el envite de las tempestades en mar abierto cuando tratábamos de vivir en este mundo sin Dios. Pero ahora, seguros en el puerto, conocemos la calma producida por lo que Dios ha hecho por nosotros, y no por lo que nosotros podamos lograr por nuestros esfuerzos. 77 ESTUDIO DE LA EPÍSTOLA A LOS ROMANOS continúan en el tiempo hasta el presente. Los cortesanos pierden y recobran el favor del rey; los artistas, el de su público; los políticos, el de su electorado; pero los creyentes siempre estamos firmes en la gracia de Dios. Nuestra justificación y sus consecuencias no dependen de nuestras obras o sentimientos, de nuestro estado o de la experiencia del alma, sino del valor eterno de la obra del Calvario; no son temporales, sino permanentes; no son precarias, sino seguras. Nada puede separarnos del amor de Dios (8:38ss). Por tanto, puesto que tenemos libertad para entrar en la presencia de Dios gracias al camino que nos abrió Cristo con su sacrificio (He. 10:19-20), acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (He. 4:16). Resultado 3: Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios (5:2b) Nuestra esperanza (gr. elpís ) no es incierta, como una ilusión, sino que es más bien una expectativa gozosa y confiada que está fundamentada en las promesas de Dios, como vimos en el caso de Abraham (4:18). Hubo un tiempo en el cual estábamos destituidos de la gloria de Dios (3:23), pero la obra de la cruz nos devuelve ampliada la antigua perspectiva de Adán en su inocencia y ahora esa gloria es el objeto de nuestra esperanza. Por cierto que la gloria de Dios ya ha sido manifestada. Los cielos dan testimonio de su gloria (Sal. 19:1); la tierra entera está llena de ella (Is. 6:3); vimos esa gloria en la persona de Cristo (Jn. 1:14; 2:11) y en su muerte y resurrección (Jn. 12:23; 17:1). Pero llegará un día en el que el velo desaparecerá y la gloria de Dios se manifestará visiblemente en este mundo en tres etapas: Cristo aparecerá con gran poder y gloria (Mr. 13:26; Tit. 2:13). 2. Nuestra esperanza no es sólo la de la contemplación de la gloria de Dios (Jn. 17:24), sino entrar también en ella (Jn. 17:22). Entonces seremos transformados en gloria (Fil. 3:21; Col. 3:4; 1 Jn. 3:2) para que Cristo sea glorificado en sus santos (2 Ts. 1:10) y nosotros juntamente con él (Ro. 8:17). 3. La misma creación que ahora gime para ser libertada, alcanzará igualmente la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Ro. 8:21). Finalmente, todo el universo será lleno de la gloria de Dios. Esa es nuestra esperanza en la cual nos regocijamos. El mundo se gloría de sus conocimientos y avances técnicos, de la fama y del dinero, cosas que son transitorias y perecederas. Pero el cristiano se gloría en la perspectiva eterna del plan de Dios, lo que hace que su vida adquiera un significado más profundo a la vez. Si hacemos una breve recapitulación de los tres resultados de nuestra justificación vistos hasta aquí, notaremos que cada uno se relaciona con nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. La paz con Dios hace referencia a nuestro pasado como enemigos suyos, que ahora ha sido superado. La entrada permanente en la gracia es nuestra condición actual. Y la esperanza de gloria marcará un día nuestra condición futura. Paz, gracia, regocijo, esperanza y gloria. Los resultados de nuestra justificación no podían ser más deseables hasta que llegamos al cuarto. Resultado 4: Nos gloriamos en las tribulaciones (5:3-8) La realidad de las tribulaciones (5:3-5a) Aunque podemos decir que estamos seguros en la gracia de Dios, no es fácil ser cristiano y menos lo era en la Roma de Nerón. El término que utiliza aquí el apóstol para tribulaciones (gr. zlîpsis, lit. presiones ) no se refiere únicamente a los sufrimientos y problemas de nuestra vida terrenal, sino que específicamente es un término técnico que se refiere a la oposición y persecución de un mundo hostil y que habrían de producirse fundamentalmente en los últimos días antes del fin. Jesús ya había prometido esta clase de aflicción en el mundo (Jn. 16:33). Estamos puestos para pasar tribulaciones (1 Ts. 3:3), por medio de las cuales será que entremos en el reino de Dios (Hch. 14:22). Pero cómo debe reaccionar un cristiano ante estas tribulaciones producidas por un mundo hostil al evangelio? La respuesta de Pablo no es simplemente soportarlas de forma estoica, sino que debemos gloriarnos (o regocijarnos) en ellas (Stg. 1:2; 1 P. 4:12-13) y no a pesar de ellas. Ésta era de hecho la experiencia de Pablo mismo (2 Co. 6:9-10; 12:10). Sin embargo, debemos gozarnos en las tribulaciones no por lo que son en sí mismas, sino por los resultados que producen en nosotros (cp. He. 12:11): 1. El sufrimiento es la senda para alcanzar la gloria. Así lo fue para Cristo y así lo ha de ser también para nosotros, sus discípulos (8:17). 2. La tribulación es también el camino a la madurez. En primer lugar, la tribulación produce paciencia (gr. hypomonē 4 ), la virtud que nos permite soportar la aflicción y a la vez perseverar. Esta paciencia no es una resistencia pasiva, sino la determinación de ánimo que permite superar y vencer toda dificultad. A su vez, esta paciencia produce prueba (gr. dokimē ), aprobación o entereza del carácter. Se trata del carácter probado y maduro del que ha sido experimentado en diversas tribulaciones; es el temple del veterano, no del novato inexperto. Finalmente, la prueba produce esperanza 5 (gr. elpís ), pues el carácter maduro aprende a descansar en Dios como su único sustento ante la tribulación. Esta esperanza fija su vista en el cielo y no en las aflicciones de esta vida. 3. Por medio de la tribulación podemos llegar a tener una mejor visión del amor de Dios. Esto puede resultar paradójico, pues precisamente la tribulación nos puede hacer dudar; podríamos pensar que nuestra esperanza es sólo una ilusión, pero no lo es y por tanto no avergüenza, pese a las burlas del mundo. En resumen, el Señor Jesús padeció siendo tentado (He. 2:18) pero fue coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte (He. 2:9). Sufrió, pero ese sufrimiento vino marcado por el amor de Dios hacia nosotros y al final del cual llegó la gloria. Ese padecimiento sirvió a la vez para probar el carácter de Cristo y permitirle ser nuestro Sumo Sacerdote (He. 5:1-10). Las pruebas son el medio por el que Dios separa el trigo de la paja, el oro de la escoria que lo cubre. Del mismo modo que con el Señor, las pruebas y aflicciones en nuestra vida son permitidas por el amor de Dios con un doble propósito: 1) para probar nuestro carácter a fin de ser hallados fieles en nuestro servicio a Dios y 2) para alcanzar finalmente la gloria que es nuestra esperanza. Para Pablo, la participación de sus padecimientos iba ligada con la maravillosa visión de la gloriosa resurrección (Fil. 3:10-11). Si antes nos gloriábamos en la esperanza de la gloria de Dios, ahora nos gozamos en las tribulaciones que terminan produciendo esa misma esperanza, como en un círculo perfecto. Por tanto, gloriarse de las tribulaciones no es algo separado de gloriarse en la esperanza de la gloria de Dios, sino subordinado, pues las tribulaciones tienen esa vertiente escatológica por la cual apuntan a la gloria que viene tras ellas y que fomentan dicha esperanza (cp. 1 P. 1:11). Es asombroso como para un creyente el gozo puede coexistir con el padecimiento y la aflicción. En realidad esto es debido al amor de Dios, que nos sustenta y guía durante la tribulación en todo nuestro camino a la madurez. Este amor es de hecho la base sólida sobre la que podremos soportar todas estas 4 Ver nota al pie para la palabra longanimidad en 2:4. 5 Esta concatenación de resultados es lógica celestial, no humana. Para el hombre natural, la suma de aflicciones lleva a la impaciencia, al desánimo y a la depresión. Pero para Dios la suma de aflicciones en el hombre nacido de nuevo lleva a la esperanza por medio de la acción del Espíritu Santo y de la gracia de Dios. 79 ESTUDIO DE LA EPÍSTOLA A LOS ROMANOS tribulaciones y por la que estamos seguros que la esperanza no avergüenza, como veremos a continuación. La base para soportar las tribulaciones (5:5b-8) Pero cómo podemos estar seguros de que el amor de Dios no nos ha abandonado en medio de la tribulación? Y por qué Pablo está tan seguro de que la esperanza no avergüenza? El apóstol da dos razones fundamentales por las que podemos estar confiados. La primera de las razones es que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones. La expresión amor de Dios no se refiere al amor que podamos tener nosotros por Dios, sino al que Él nos tiene a nosotros 6. Se trata pues del amor que procede de Dios hacia nosotros. No se trata simplemente de un vago sentimiento de que Alguien allá arriba cuida de la humanidad, si
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